lunes, 3 de diciembre de 2012

Prácticas del Urbanismo



En este seguimiento, la Organización de los Estados Iberoamericanos (OEI) 2012, señala que:
Hoy por hoy las prácticas del urbanismo deben estar orientadas al desarrollo de comunidades urbanas sustentables en ambientes armónicos y equilibrados. Los proyectos urbanos relevantes abordan temas y constituyen formas alternativas para incidir en los problemas y en las constantes transformaciones espaciales a las que está sujeta la ciudad contemporánea, con un interés en los problemas sociales y medioambientales. Estas prácticas del urbanismo sustentable, con sus enfoques y planteamientos, deben ser vistas como una nueva etapa en la larga tradición disciplinar de arquitectos y urbanistas.

Para ello, la OEI considera las los aspectos del urbanismo sostenible (o el Ecológico en su práctica), el cual es, en gran medida una etiqueta. El mismo está reducido a una preocupación superficial, biempensante, políticamente correcta, sin cuestionar el orden, ni la ideología dominante; por lo tanto, el urbanismo sostenible va camino de convertirse en todo lo contrario, es decir, en doctrina oficial e institucional.

Presionados por los movimientos críticos y alternativos, los poderes públicos han tomado algunos elementos de esa respuesta, intentando, como siempre ha hecho, diluirla, asimilarla y neutralizarla. Pese a sus elementos positivos, las propuestas oficiales para un Urbanismo Ecológico no dejan de ser un simulacro o un sucedáneo, una idea para consumo y sedación de conciencias alarmadas por la cada vez más innegable crisis ecológica planetaria, o una fantasía bienintencionada, pero sin base, porque no atacan el núcleo de la cuestión: el decrecimiento de los impactos, de los consumos, de la expansión urbana. Por su parte, las formas en que se presenta el pseudo urbanismo sostenible son, como mínimo, tres tipos; en primer lugar debe mencionarse el urbanismo cosmético, en segundo lugar se destaca la falsificación del urbanismo tecnológico y por último  es conveniente mencionar el urbanismo ambientalista.

Con respecto al Urbanismo Cosmético, esta falsificación se limita a los aspectos más estéticos, entendidos de la forma más banal, como pura apariencia. Un ecologismo cosmético que no pasa, las más de las veces, de “esconder el polvo debajo de la alfombra”, o lo que es lo mismo exportar los residuos, mientras sigue deglutiendo bulímicamente recursos que se toman y traen de tierras bien lejanas. Lo que finalmente se consigue es maquillar la imagen de los nuevos desarrollos urbanos con abundantes ajardinamientos, zonas peatonales, empleo de materiales con buen aspecto ambiental, y muchas fuentes de agua.
La segunda falsificación es la del Urbanismo Tecnológico, aquel que ha hecho bandera de la eficiencia. Esta versión del pseudo urbanismo sostenible opta por la técnica, por la tecnología como tabla de salvación. No se trata de cambiar nada, sino de mejorar técnicamente el mundo.

Al respecto la OEI (ob. Cit.) señala que:
 La fusión nuclear, la recreación del Sol en la Tierra, permitirá disponer ilimitadamente de energía, y quizá como paso previo, las pilas de hidrogeno o los biocombustibles suplirán la transición (aunque ello suponga condenar al hambre a millones de personas); cabe preguntarse entonces ¿se consume más agua de la que la naturaleza en su proceso cíclico puede suministrar? Con máquinas desalinizadoras por doquier nuestra demanda no conocerá límites (de donde sacamos la energía necesaria para su funcionamiento); ¿qué los alimentos y otras materias primas (minerales, maderas, entre otros) no son suficientes para una demanda insaciable?. La tecnología agraria o industrial podrá aumentar en paralelo su producción, reciclando infinitamente la disposición de bienes. Una utopía propia de los principios de la era industrial, pero insensata en el siglo XXI. Por encima de cualquier avance tecnológico es preciso apremiar la necesidad de la eficiencia, aunque de la paradoja de la eficiencia.

De esta forma la OEI (ob. Cit.) señala que el urbanismo se encuentra en desarrollo, pero que el surgimiento del mismo puede traer consecuencias desfavorables para la población en general. Tal organización presenta una pregunta entre líneas; ¿Qué hacer, satisfacer la demanda o gestionar la oferta? Centrarlo todo en el aumento de la eficacia lleva implícita la asunción de la obligación de satisfacer la demanda, por más que ésta pueda ser permanente y creciente.
Un planteamiento desde la sostenibilidad debe sustituir la satisfacción de la demanda por la gestión de la oferta disponible. Porque las estrategias que persiguen como objetivo la satisfacción de la demanda no pueden ser ni sostenibles, ni ecológicas, ni viables.
Se está ante un corolario del cambio de paradigma propuesto. No se puede satisfacer la demanda, cualquier demanda, por insensata que sea. Se niega entonces directamente la mayor, es decir, que se es capaz de suministrar todos los recursos (el agua que se demanda para todos los usos, para todas las actividades, en fin sin límites). Si los recursos son limitados, y lo son, por más mejoras tecnológicas que se creen, se tendrá que gestionar lo que ya se tiene, la oferta razonablemente disponible puesto que no se debe olvidar que en los últimos años del siglo XX se evidencio una época de derroche de los recursos y esta situación puede atraer consecuencias serias y desfavorables a futuro si no se corrige inmediatamente.
La tercera impostación, la del Urbanismo Ambientalista se presenta de la mano de un cierto conservacionismo, de la voluntad de proteger algunos espacios. Un fraude difícil de desenmascarar, porque el medio ambientalismo parte de diagnósticos críticos y acertados del proceso de deterioro del ecosistema planetario, pero auto-limita las medidas a ámbitos cada vez más acotados y reducidos. Fuera de ellos, de los parques naturales, de los espacios preservados a modo de santuarios, de los suelos protegidos, menguantes sin tregua, pareciera que todo está permitido. Los planes urbanísticos, oficiando un ritual litúrgico acotan ámbitos objetos de protección, reservas, zonas francas, parques, entre otros, mientras fuera se permite casi todo.
Desde esta perspectiva, la Revista unam (ob.cit.) comenta la transición a un urbanismo estacionario; es decir, la transformación, donde “la transición desde el actual modelo desarrollista, expansivo, a otro estacionario, sin crecimiento no es tarea fácil, más bien semeja casi imposible, incluso utópico”.

Al respecto, se aportan algunas ideas concretas como el urbanismo sostenible, en el que el de un futuro viable, será el de la transformación. En este sentido, señala la revista antes citada que: “Transformación y transición, son dos conceptos que orientarán la redacción de planeamiento en el futuro inmediato”. Pues la transformación implica en primer lugar abandono de la expansión, pero no sólo eso, sino que tolera que la intervención sobre la ciudad existente persiga la reducción de los consumos, haciéndola al mismo tiempo más amable, más habitable, un lugar donde vivir, y no un espacio para intentar sobrevivir.
En consideración a ello, el urbanismo sostenible deberá centrarse en la mejora de lo existente, del stock acumulado de suelo y vivienda, en gran medida vacante; en la recualificación de las áreas urbanas consolidadas, en el incremento de las dotaciones, de los espacios verdes; en la reducción de la demanda de movilidad motorizada, uno de los factores de mayor deterioro del medio urbano. En resumidas cuentas, la reducción de insumos de los consumos, especialmente de los no renovables, pero también de los renovables, para acercarlos a su tasa de reposición. Este es el objetivo estratégico para la consecución de un urbanismo estacionario: la reducción tanto del consumo de materias primas como de la generación de residuos, partiendo de la premisa del no crecimiento.

Todo esto conlleva a comentar la participación y sostenibilidad de la sociedad, la cual de acuerdo a los postulados descritos por la revista citada anteriormente, se centra en el urbanismo de la era desarrollista, los siglos XIX y XX, conocidos como el de las grandes expansiones, a tal efecto señala que:
… las cuestiones sociales se presentaban principalmente como problemas económicos: ¿quién y en qué medida se apropiaba de las plusvalías generadas en el proceso de transformación de los suelos rústicos en urbanos? Hay, había, obviamente, también problemas ambientales, paisajísticos, infraestructurales, pero el inevitable conflicto social derivado de la presencia de vecinos en toda actuación de transformación de tejidos urbanos preexistentes, no se daba en la misma medida que en las operaciones de expansión urbana.
En el planeamiento de la transformación esto no es posible. Será inadmisible desconocer la estructura social, los deseos, los problemas, las dificultades de la población afectada por un plan. Un hecho que incrementará la dificultad y la complejidad de la redacción de planes, y que comúnmente enfrenta a una conclusión en el planeamiento de la transformación la participación de los afectados deberá pasar a un primer plano.
Tal y como hasta ahora se ha entendido, la participación en el planeamiento ha sido normalmente “a posteriori”, pasiva, de forma indicada y pensada más bien para la satisfacción de los intereses vanidos. Sin embargo, esto no debería seguir manteniéndose así, hay que añadir pues al urbanismo estacionario, su condición de participativo, democrático en sentido estricto del término, de abajo a arriba, no de arriba a abajo, a priori, vinculante y activo.

Otro apartado importante de resaltar es el relacionado con la transición y supervivencia. Para ello se debe considerar las perspectivas de un escenario de encarecimiento y posterior depleción de los recursos básicos, las dificultades por las que va a atravesar el estado del bienestar social (o incluso su desmantelamiento), el inevitable agravamiento de la crisis económica.
En tal sentido, unam (ob.cit.)  plantea las siguientes interrogante:
¿El urbanismo conducirá a la instauración de Estados “fuertes”, autoritarios, capaces de imponer medidas “impopulares” para salir de la crisis?, ¿se podrá gestionar las duras medidas imprescindibles para superar un modelo desarrollista, que no puede mantenerse?, ¿y se hará democráticamente?, ¿es posible una transición más o menos organizada y pacífica a la sociedad post-desarrollista?, ¿a un modelo ecológico, sostenible, viable, perdurable?, ¿o se está inevitablemente abocados al caos, a la barbarie?

Se espera que la respuesta a estas interrogantes sea de carácter positivo en pro de la mejora de las sociedades, de lo contrario se adoptan medidas de emergencia, del colapso ecológico planetario. Esta presunción sitúa al mundo entero en un escenario de suma inestabilidad social, con hambrunas generalizadas, y eventualmente el desplome de la “civilización” moderna. Al respecto La Universidad Carlos III de Madrid (2012) se pregunta “¿cómo se preparan los gobiernos para estas eventualidades? Con la estrategia del avestruz, escondiendo la cabeza debajo del ala, y negando o ridiculizando este tipo de escenarios” el mismo autor agrega a esta comparación que en realidad es peor, pues el avestruz se queda quieto, en cambio la sociedad desarrollista no, se ha lanzado con todo su ímpetu a rematar los recursos, hasta el último aliento.
Queda entonces preguntarse ¿Se puede hablar de urbanismo sostenible inmersos en una grave crisis como la actual?  A lo que se responde que, no sólo se puede, sino que se debe, porque la situación en que se encuentra el mundo y en especial Venezuela es apenas un anticipo de otra peor, en avanzado estado de gestación. La sociedad global se está enfrentando a problemas económicos y financieros, dificultades que están ocultando la más grave crisis todavía por llegar, como la ecológica. Una encrucijada cuyas manifestaciones son ya perceptibles, tal es el caso del deterioro del ecosistema planetario (cambio climático, extinción de especies, agujereamiento de la capa de ozono, pérdida de biodiversidad, desertificación, entre otros hallazgos), agotamiento de los recursos (crisis alimentaria, inminente quiebra de la cultura del petróleo, en fin), saturación de residuos, contaminación.

Desde hace más de tres décadas los científicos vienen avisando de que el ritmo de consumo de los recursos es insoportable, que el planeta no lo puede aguantar, y que su deterioro irreversible está asegurado. Pero aterrorizados por la crisis financiera y económica planetaria, resultado en gran medida del reventón de la burbuja especulativa, no se olvide; la salida por la que se ha optado es la de impulsar la recuperación del ritmo de las actividades productivas, perpetuando el actual modelo, el sistema productivista, depredador del ecosistema y de sus recursos, aunque se perciba como inviable y sin futuro. Se intenta reanimar a este enfermo, consumiendo ingentes capitales públicos, sin percatarse de la dolencia lo ha llevado a una situación terminal e irreversible.

Las realidades monumentales, monolíticas, a veces se desploman sin avisar. Aparentemente la estabilidad del edificio (económico, social e ideológico) es plena, y sólo un observador avezado puede percibir los síntomas del inminente colapso. Después, cuando el derrumbe se ha producido, todo el mundo es capaz de emitir profecías retrospectivas explicando perfectamente el hundimiento (algo así como el “ya lo decía yo” a propósito del pinchazo de la burbuja inmobiliaria). Hoy se está ante una situación análoga, en la que no se quiere percibir las abundantes señales que el ecosistema planetario envía en cuanto a que no puede más, dado que se le ha literalmente agotado.

En la resolución de esta crisis ecológica que se avecina, las ciudades van a jugar un papel protagonista. El futuro de la humanidad se va a decidir en las ciudades. A principios de siglo XXI, por primera vez en la historia, la población urbana superó a la rural; si la tendencia no se invierte, y nada apunta en esa dirección, la población mundial acabará por ser mayoritariamente urbana. En conclusión, es en las ciudades donde se juega gran parte de la sostenibilidad del planeta, de su impacto en el ecosistema mundial, por tal motivo lo que se haga con, y en, las ciudades será crucial para el desarrollo.
Partiendo de estas ideas, García 2006 describe que:
Existen dos fenómenos que confirman inequívocamente la crisis ecológica: la depleción y la translimitación. El término depleción procede de la terminología petrolera, donde describe la baja o extinción de la producción de un yacimiento tras un pico o cénit, es decir el agotamiento de un recurso por explotación… Un hecho que se ha denominado en castellano translimitación es, en cualquier reflexión sobre el urbanismo sostenible, hacer saber que el crecimiento tiene límites, y que ya los hemos sobrepasado. Y desembocar por tanto en un corolario inmediato: debemos frenar el crecimiento, buscando el llamado Estado Estacionario, concebido como una etapa de transición hacia los modelos de decrecimiento.

La palabra clave es según el autor, es aquí decrecimiento, una expresión que admite poca ambigüedad. Se señala entonces que el urbanismo sostenible o ecológico, es el urbanismo del decrecimiento, aunque probablemente no se pueda pasar directamente al decrecimiento, y se necesite un aterrizaje, que hoy ya no puede ser suave sino forzoso, transitando antes por un estado intermedio previo, a uno de frenada como lo es el estado estacionario.

En este contexto, debe afirmarse que para nuestra época, segunda década del siglo XXI, se está produciendo un cambio de paradigma del que surge una renovada necesidad de estudiar y darle un destacado valor a la ordenación territorial de un hecho urbano. Por esta razón actualmente existen las profesiones antes mencionadas (urbanismo, licenciatura en urbanismo, ingeniería urbana, planeamiento urbano, planificación de ciudades, topografía urbana, entre otros) destinadas a estudiar la problemática y darle solución a la situación actual del país en pro de un desarrollo hacia un urbanismo sostenible.
 La complejidad de esta situación debe adaptarse a las necesidades del ciudadano, al servicio del fin de la calidad de vida, individual y colectiva, y, por tanto, de la forma de desarrollar el territorio del gobierno y formular la ordenación territorial y urbanística; todo ello, especialmente en el medio urbano (en el que el concepto clave es el de rehabilitación y renovación urbana mediante la sustentabilidad de los recursos). En este terreno son capitales los mecanismos de evaluación preventiva y sucesiva del impacto y el desarrollo de las actuaciones, de participación ciudadana efectiva (devolutiva al gobierno del territorio de su dimensión política en el sentido más noble de este término) y la responsabilidad individual y colectiva en las decisiones, las acciones y las omisiones.

El Urbanismo del siglo pasado (siglo XX) se inclino hacia la orientación, control, intervención y dirección del crecimiento; no obstante el desafío actual es la transformación de la ciudad existente, dejar de pensar en nuevas expansiones por más que se presenten bajo el enmarcamiento de sostenibilidad (a menudo una simple etiqueta promocional).
Sin embargo, debe reconocerse que a lo largo de este siglo se han desarrollado instrumentos, técnicas, normativas y experiencias para diseñar el crecimiento. Pero cuando se enfrenta a la situación actual de la ciudad que ya existe con el objetivo de transformarla con el horizonte de la sostenibilidad como valor e ideal, la perplejidad y el desconcierto invade al apreciarse resúltanos desfavorable en la aplicación del urbanismo.

Desfavorables en el sentido en que como bien ya se explico, el desarrollo del urbanismo no está bien enmarcado en lo que es la sustentabilidad puesto que el creciente desarrollo del mismo trae como principal consecuencia el decrecimiento de recursos existente necesarios para la buena calidad de vida de las personas. Tales recursos se agotan apresuradamente por la creciente demanda de los mismos por parte de las sociedades urbanas ya que estos recursos como la tierra, y el agua se agotan más rápidamente de lo que a la naturaleza le toma reabastecerlos. Esto sin considerar la contaminación del aire, el agua y la tierra que ocasionan las ciudades.
Esta situación resulta ser inevitable en la etapa de transición en la que nos encontramos aunque bien se puede programar y tomar medidas para su descenso y decrecimiento hasta encontrar el equilibrio y poder implementar la aplicación de un modelo más sostenible para las sociedades y el ambiente, evitando lo que parece ser el destino ineludible: el agotamiento de los recursos del ambiente.
Este conjunto de medidas deben apuntar a la construcción de un nuevo modelo urbanístico, y no a su reforzamiento, como lo hacen algunas de las medidas de anticrisis recientemente aprobadas, por los gobiernos de diversos países para equivocadamente hacer frente a las crisis generando la expansión del urbanismo con la mal orientada idea de mejorar la calidad de vida de los habitantes de regiones rurales mediante la urbanización de su entorno sin darse cuenta del mal que en muchas ocasiones pueden causar si no realizan el proceso correctamente. 
Referencias
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